La luz grisácea de la madrugada comenzó a filtrarse con lentitud por las estrechas rendijas de las ventanas de piedra del ala norte, cortando la penumbra dorada y densa que había envuelto la habitación del harén durante las horas más oscuras de la noche. El candil de aceite sobre la mesa auxiliar parpadeaba ya con pereza, consumiendo sus últimas gotas de combustible y proyectando sombras alargadas, trémulas y deformes sobre las frías paredes de estuco. El olor a yodo y a alcohol quirúrgico segu