Ella intentó hablar, pero las palabras se le atascaban en la garganta. Tenía la voz cortada, temblorosa, y la respiración tan agitada que casi no podía hilar una sola frase coherente. Balbuceaba sonidos ahogados, extendiendo el teléfono hacia él con desesperación. Al verla al borde de un ataque de pánico, Ian la sostuvo firmemente por los hombros. El peso y el calor de sus manos grandes sobre ella sirvieron como un ancla en medio de su tormenta.—Mírame, Annie. Mírame a los ojos y respira —le ordenó Ian, con esa voz profunda y autoritaria que, paradójicamente, siempre la hacía sentir a salvo—. Cálmate. Necesito que entres en tranquilidad para que puedas decirme qué está pasando.Annie tomó una bocanada de aire temblorosa, aferrándose a los brazos del hombre. —Le... ¿le harán algo a mi madre, Ian? —logró preguntar, con un sollozo ahogado—. Dime que no la van a lastimar...La expresión de Ian se endureció al instante, transformándose en pura piedra. —¿Qué? —cuestionó él, estrechando s
Leer más