La lámpara de aceite seguía encendida, lo cual a estas alturas era simplemente un hecho de la vida con el que Adrián había decidido hacer las paces.Estaban en el suelo, los dos, con la espalda contra la pared lateral y un mapa extendido entre ellos que Elena había sacado de algún lugar que Adrián prefería no preguntar. El proyectil de ballesta descansaba a un lado, convertido ya en pisapapeles involuntario.—Necesito que me expliques cómo sabes todo esto —dijo Adrián, señalando el mapa con el dedo.Elena no levantó la vista.—Necesito que dejes de hacer preguntas que no te ayudan a sobrevivir.*Punto válido*, pensó Adrián. *Completamente irritante, pero válido.*El mapa mostraba tres edificios conectados por un sistema de galerías subterráneas que, según Elena, llevaban directamente al archivo privado del hombre que había estado moviendo los hilos desde el principio. Un hombre cuyo nombre Adrián había escuchado dos veces en los últimos seis meses: una en un despacho de Lausana, de pa
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