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La lámpara de aceite seguía encendida, lo cual era casi un insulto dado que el resto de la situación se había deteriorado de forma considerable.

Adrián estaba sentado en el suelo, la espalda contra la pared lateral, el proyectil de ballesta a treinta centímetros de su mano derecha como si alguien lo hubiera dejado ahí de regalo. Elena estaba a metro y medio de distancia, en la misma posición, las rodillas recogidas, mirando la pared opuesta con la expresión de alguien que está recalculando ment
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