El pasadizo olía a piedra húmeda y a secretos que llevaban décadas sin que nadie los molestara.Elena se movió primero, porque Elena siempre se movía primero en los momentos en que el instinto reemplazaba al protocolo, y Adrián la siguió porque en ese instante concreto no tenía una alternativa mejor. El panel del zócalo había revelado un corredor de unos ochenta centímetros de ancho, suficiente para una persona delgada o para dos personas que hubieran decidido olvidar temporalmente el concepto de espacio personal.Adrián era la segunda categoría por defecto.—¿Sabías que esto existía? —preguntó, en voz lo suficientemente baja como para que no rebotara en las paredes de piedra.—Sabía que existía algo —dijo Elena, sin volverse—. No sabía exactamente dónde terminaba.*Respuesta tranquilizadora*, pensó Adrián. *Muy tranquilizadora.*El corredor los llevó a una habitación sin ventanas que alguien, en algún momento de entusiasmo decorativo difícil de explicar, había equipado con una mesa,
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