En ese momento, Dominik se levantó de la mesa. Con la misma elegancia fría de siempre, subió al segundo piso. Entró en su vestidor, tomó su reloj de lujo y su teléfono, preparándose para enfrentar la jornada laboral. Al bajar, su secretario personal ya lo esperaba en el auto, con el motor encendido y la agenda lista. Estaba a punto de cruzar la puerta principal cuando una voz suave lo detuvo. —¿Ya te vas? Se giró. Samantha estaba allí, recostada contra el marco de la entrada al comedor, con los brazos cruzados y una sonrisa divertida en los labios. —Tengo cosas que hacer —respondió Dominik, aunque había algo en su tono que se había suavizado ligeramente. Samantha se acercó caminando lentamente, y Dominik notó que llevaba algo en las manos. Una pequeña lonchera de color negro, elegante, con un lazo rojo atado en el asa. —¿Qué es eso? —preguntó él, arqueando una ceja. Ella se detuvo frente a él y extendió la lonchera como si fuera un regalo. —Es para ti —dijo con naturalidad—.
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