Dentro, el ambiente era radicalmente distinto.
Luces tenues, manteles de lino blanco, música de piano sonando de fondo. El aroma a café recién hecho y pan recién horneado llenaba el espacio, mezclándose con el murmullo educado de las conversaciones en las mesas cercanas.
Y en medio de todo eso, apoyado contra la barra de mármol con una mano en el bolsillo y una expresión de suficiencia mal disimulada, estaba Leonid Orlov.
—Por fin —dijo Leonid en cuanto vio a Dominik—. Pensé que te habías pe