La tarde caía sobre Moscú como un manto grisáceo, y en la residencia Adler, el ambiente era tan denso como el cielo amenazante que se cernía sobre la ciudad.
Las luces de la mansión comenzaban a encenderse una por una, iluminando los enormes ventanales y los jardines perfectamente cuidados. Los empleados se movían con la eficiencia silenciosa de quienes llevaban años sirviendo a esa familia, ajustando corbatas, planchando trajes y verificando que cada detalle estuviera en su lugar para la noche