El sol de San Bartolomé se estaba despidiendo con un último abrazo dorado, pintando el cielo de naranjas y rosas mientras Dominik acorralaba a Samantha aún contra el borde de la piscina. El agua tibia acariciaba sus cuerpos pegados.—Pajarito,—gruñó Dominik, su voz ronca, sus labios devorando los de ella con una urgencia que la hizo jadear contra su boca.Sus manos no eran solo caricias, eran declaraciones. Apretaron la curva de su cintura, el muslo suave y firme cubierto por el bikini que él mismo le había comprado, un recordatorio visual de su buen gusto. La levantó sin esfuerzo, sus brazos rodeando el cuello de el como anclas seguras mientras sus piernas se enroscaban instintivamente alrededor de su cintura. Su cuerpo, mojado y caliente, se moldeó contra el de él como si siempre hubieran pertenecido allí.—Dios, Dominik,—. susurró Samantha entre besos, su voz temblando de excitación.Sentía la firmeza de sus músculos bajo su piel, el latido salvaje de su corazón contra el suyo. Era
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