En ese momento, Dominik se levantó de la mesa. Con la misma elegancia fría de siempre, subió al segundo piso. Entró en su vestidor, tomó su reloj de lujo y su teléfono, preparándose para enfrentar la jornada laboral. Al bajar, su secretario personal ya lo esperaba en el auto, con el motor encendido y la agenda lista.
Estaba a punto de cruzar la puerta principal cuando una voz suave lo detuvo.
—¿Ya te vas?
Se giró.
Samantha estaba allí, recostada contra el marco de la entrada al comedor, con