En una de las salas privadas del segundo piso, Elizaveta Adler observaba la pantalla de su tablet con una sonrisa apenas contenida. Sentada elegantemente sobre uno de los sillones de terciopelo, con una taza de café intacta a un lado, recorría los titulares digitales sintiendo por primera vez en días algo parecido a satisfacción.
Finalmente.
Finalmente Dominik estaba siendo arrastrado públicamente.
Toda la alta sociedad rusa ya comenzaba a hablar del escándalo. Los nombres Adler y Petrova estab