La mañana en San Bartolomé amanecía tranquila. El sonido lejano de las olas chocando contra la orilla se mezclaba con la brisa cálida que movía suavemente las cortinas blancas de la habitación. Los rayos del sol comenzaban a colarse lentamente por los enormes ventanales de cristal, iluminando las sábanas desordenadas y los cuerpos aún medio dormidos sobre la cama.
Samantha seguía profundamente dormida, completamente relajada después de la agotadora noche anterior. Una de sus piernas estaba enre