La enorme residencia Adler permanecía iluminada en medio de la oscuridad de Moscú como una fortaleza imposible de derribar. Las luces exteriores bañaban los jardines perfectamente cuidados mientras los autos negros iban entrando uno tras otro por el acceso principal después de aquella larga noche.
El primero en bajar fue Grigori.
El patriarca cerró la puerta del auto con un movimiento seco mientras sostenía todavía el fólder negro que Dominik le había entregado horas antes. Su expresión seguía