Habían pasado tres días desde que llegaron a la villa.
Tres días donde, sorprendentemente, Samantha había dejado de pensar cada cinco minutos en Moscú, en Rafael y en toda la tormenta que había quedado atrás. No era que lo hubiera olvidado. Eso todavía seguía ahí, enterrado en alguna parte de su pecho como una espina difícil de arrancar. Pero al menos ahora podía respirar sin sentir que todo le pesaba encima.
Y sinceramente… la isla ayudaba demasiado.
Durante esos días hicieron prácticamente de