La pesada estructura de piedra del convento se erguía al final del camino como un santuario de paz, ajeno al caos que devoraba las calles del pueblo. Para Emi, el olor a incienso, cera de velas y tierra húmeda del jardín central era el aroma de su infancia; allí había pasado gran parte de su vida, protegida del mundo exterior.
La madre superiora ya los esperaba en el portón principal, con el rosario de madera tintineando entre sus hábitos. Sin embargo, en cuanto Nicanor apagó el motor y ayudó