Mientras tanto, los dos matones mantenían a Gabriel vigilado en el centro del despacho. El viejo los miró de reojo, les hizo una sutil seña con la cabeza y estos dieron un paso atrás, liberando al muchacho.
—Puedes irte. Ya no te necesito aquí —sentenció Scutaro con una frialdad calculadora.
El viejo no daba puntada sin dedal; Sabía perfectamente que si dejaba ir a su hijo, Gabriel Saldría corriendo desesperado a buscar a Emi, sirviéndole en bandeja de plata como el perfecto rastreador para dar