A penas comenzaba a amanecer, cuando el timbre estridente del teléfono de Gabriel cortó el silencio del pasillo. Gabriel reaccionó de golpe, con los ojos pesados y enrojecidos por la falta de sueño, y contestó antes de que el ruido despertara a Emi.
Al otro lado de la línea, la voz de Scutaro retumbó, densa y cargada de una falsa calma. Petra ya se había encargado de informarle todo con lujo de detalles apenas logró salir de la casona.
El viejo Scutaro estaba asustado; sabía que si Emi procedí