Gabriel apenas terminó de dar las instrucciones en el galpón cuando vio a Pedro aparecer a lo lejos, corriendo a todo pulmón por el patio de tierra, esquivando los matorrales y con el rostro iluminado. Traía un teléfono en la mano; un aparato prestado de uno de los peones que finalmente había enganchado un hilo de señal.
—¡Patrón, patrón! ¡Es Nicanor! —gritó Pedro jadeando, extendiéndole el teléfono.
Gabriel lo arrebató con el corazón dándole un vuelco salvaje. Se pegó el aparato al oído, con l