Mientras tanto, Nicanor ya venía de regreso del auto. Al cruzar el pasillo, vio la puerta del despacho abierta de par en par y logró escuchar los gritos de Scutaro. El viejo capataz se tensó; inmediatamente supo que todo era una maldita trampa y que el peligro era mortal.
Desafortunadamente, uno de los matones que vigilaba el flanco vio a lo lejos la silueta de Nicanor por el reflejo de un espejo del pasillo. El hombre sacó su arma dispuesto a neutralizar al viejo también para no dejar testigos