Dentro de la camioneta, el ambiente era un caos de adrenalina y terror. Leonor, todavía aturdida por el golpe en la cabeza y presa de un ataque de pánico, gritaba con desesperación, sus lamentos se mezclaban con el rugido del motor. Emi, aunque conservaba una valentía sobrenatural, gritaba también, impulsada por la impotencia de su ceguera y por el estado de shock de su tía, a quien trataba de sostener con manos temblorosas.
Nicanor, con los nudillos blancos de tanto apretar el volante, no apar