Clara Me quedo de rodillas en el suelo un momento, mirando el espacio vacío por donde se fue mi hermano, respirando el aire que de repente se siente menos pesado. Me pongo de pie lentamente, apoyándome en la encimera, y me giro hacia Maximiliano. Él sigue ahí, de pie bajo la luz cálida de la cocina, observándome con los brazos cruzados y una expresión indescifrable en sus ojos oscuros. —No sé cómo lo hiciste... pero gracias, Maximiliano. De verdad, gracias —le digo, con la voz todavía afectada por el llanto. Maximiliano suelta un suspiro corto y da un paso hacia adelante, dejando la chaqueta sobre una de las sillas de la barra. —En realidad no hice gran cosa, Clara —responde, y su voz suena extrañamente suave, desprovista de la ironía hiriente de siempre—. Más que hacerle ver la hermana que tiene y lo afortunado que es de tenerte. Siento un calor súbito subirme por el cuello directo a las mejillas. Me sonrojo violentamente, bajando la mirada hacia mis manos. Sus palabras me toman
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