Dormí poco esa noche también. No por el miedo a lo que ocurriría al día siguiente. Sino porque, por primera vez en mi vida, deseé que amaneciera lo más tarde posible.Pero el sol salió igual.Y con él, una empleada llamó a mi puerta.—Señorita Laira, comience a prepararse.La empleada entró, dejó sobre la cama un vestido blanco sencillo pero hermoso, zapatos y también ropa interior. Además de eso una bandeja sobre la mesa de la habitación donde había una variedad que jamás pensé ver de frutas, pan, mermelada.Hacía años que no veía tanta comida junta. En otra circunstancia me habría lanzado sobre aquella bandeja. Esa mañana, sin embargo, el miedo me había cerrado el estómago.Ignoré la comida y fui directo al baño de la habitación. Me di un largo baño, el agua caliente se llevó todo de mi cuerpo, incluso aflojó la tensión en mis hombros. Cuando me vestí miré con indiferencia la bandeja de comida. No tenía apetito. Aun así, me obligué a beber un poco de agua antes de salir.El tray
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