Regina no se fue.
Entró y cerró la puerta detrás de sí con un golpe que hizo temblar los cuadros. La oí respirar. La oí contenerse. Y luego, cuando Henrik ya pensaba salir de la habitación ella volvió a hablar.
—Una cosa más.
Henrik ni siquiera se giró.
—¿Qué quieres ahora, madre?
—Quiero que sepas que estoy profundamente decepcionada —dijo, y su voz era fría como el mármol del suelo—. Tu padre estaría avergonzado.
Henrik se giró. Su mandíbula estaba tensa.
—No metas a mi padre en esto.
—¿Por q