Rodrigo cerró la carpeta con el último informe financiero que revisaron mientras los miembros del consejo abandonaban la sala de juntas uno a uno. Habían sido casi tres horas de reuniones ininterrumpidas, cifras, inversiones y decisiones que moverían millones de dólares para el Grupo Ivanov. Cuando por fin quedó solo, un pequeño golpe en la puerta llamó su atención. Se trataba de su profesional secretaria, y el bebé Rodríguez. — CEO Ivanov, ¿Podemos entrar? — Preguntó la eficiente secretaria de presidencia. Ella cargaba a Alejandro, en los brazos. El bebé de diez meses, vestido con un pequeño conjunto verde marino, sonrió apenas vio a Rodrigo. En cuanto lo reconoció, levantó los dos bracitos para que lo alzara. — ¡Eh, campeón! Ven aquí. — Dijo Rodrigo, estirando los brazos para cargarlo. Alejandro soltó una risita y le sujetó la corbata con sus diminutos dedos. — Ya lo sé... Tú también estás aburrido de tantas reuniones, ¿Cierto? El pequeño respondió con un balbuc
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