La temprana mañana envolvía el hospital en un silencio casi absoluto. La única luz en la habitación VIP provenía de los monitores que vigilaban los signos vitales de Katherina y de su bebé. Aunque la crisis había sido controlada, los médicos insistían en que debía guardar reposo absoluto. Cada hora que pasaba era importante para el embarazo. Rodrigo Ivanov permanecía sentado junto a la cama, no había querido separarse de su esposa, ni un solo momento. Llevaba más de doce horas sin dormir, estaba cansado, pero ir al penthouse, ni pensarlo. Con una mano sostenía la de Katherina y, con la otra, acariciaba con infinita delicadeza la barriga dónde se encontraba su bebé. — Tú y nuestro hijo son lo único que me importa. —susurró, inclinándose para besar con cuidado el dorso de su mano. — Los dos volverán a casa conmigo... te lo prometo. Katherina seguía dormida por el efecto de los medicamentos, pero sus dedos se movieron apenas, como si, incluso en el sueño, reconocieran el
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