La lluvia cesó por completo al amanecer, dejando tras de sí un cielo de color zinc que se reflejaba de manera casi fantasmal en las baldosas de mármol negro del vestíbulo del piso 40. Sobre la gran mesa de juntas de la oficina presidencial, donde semanas atrás se habían librado feroces batallas verbales, ya no había reportes de espionaje industrial, ni análisis de vulnerabilidad del norte, ni mapas de rutas aduaneras en conflicto. En su lugar, bajo la fría claridad que se colaba por los ventanales, reposaba un único documento impreso en papel de hilo de alto gramaje, sellado con el lacre plateado de la dinastía De la Vega. Su título, grabado en letras sobrias, contenía una declaración que cambiaría el destino de la provincia: El Plan de Transición de Aurelia.Ricardo ingresó al despacho con un andar lento y pausado, desprovisto por completo de la prisa y la urgencia que habían caracterizado sus movimientos durante las últimas y caóticas semanas. Se detuvo a unos pasos de Esmeralda y
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