La torre que albergaba el piso 40 no amaneció rodeada de la pomposidad habitual de las grandes transiciones corporativas, sino envuelta en un silencio espeso, casi fantasmal. La prensa financiera de la capital, acostumbrada a los despliegues de opulencia, las filtraciones de última hora y los desfiles de directivos con trajes de tres piezas, se encontró con las puertas de cristal del vestíbulo principal cerradas con llave. No había alfombras rojas, ni atriles con micrófonos listos para un anuncio histórico, ni pantallas proyectando el destino del consorcio. Esmeralda Villarreal y Emilio Valeriano habían decidido que el desmantelamiento de la dinastía no sería un espectáculo para el mercado, sino una ejecución silenciosa.En el penúltimo piso, las cuadrillas de limpieza terminaban de retirar los escritorios vacíos. Ricardo, con una tableta digital conectada a los servidores centrales por un cable de fibra óptica directo, observaba el vaciado de los bancos de datos. Millones de teraby
Leer más