El papel crujió bajo la presión de sus dedos, un sonido seco que pareció amplificarse en el silencio sepulcral de la biblioteca. Esmeralda se dejó caer lentamente sobre la silla de cuero tras el escritorio de caoba, con los ojos fijos en los caracteres alfanuméricos que componían la firma digital. El código maestro de la cuenta patrimonial. Una llave que solo Emilio y ella debían poseer, un secreto financiero guardado bajo tres niveles de encriptación biométrica.«No puede ser él», pensó, sintiendo un frío repentino que nada tenía que ver con la brisa de la colina. Su mente, habitualmente rápida y calculadora, se resistía a procesar la implicación. Apenas unas horas antes, Emilio la había poseído con una ferocidad destructiva sobre el escritorio de cristal del piso 40, demostrando una lealtad carnal y absoluta, defendiendo el Fideicomiso en el muelle viejo como si su propia vida dependiera de ello. ¿Cómo podía el mismo hombre que la sostenía contra su pecho estar entregándole los ac
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