El té de manzanilla se enfrió por completo sobre la mesa auxiliar, ignorado y lejano, mientras la penumbra de la noche terminaba de adueñarse de la habitación. Victoria se había quedado profundamente dormida, arrullada por el vaivén rítmico de la mecedora. Esmeralda la depositó en la cuna con una delicadeza infinita, pero en cuanto se aseguró de que la pequeña descansaba en un sueño imperturbable, se incorporó. Al girarse, descubrió que la mirada de Emilio la devoraba desde la penumbra del gran ventanal.El viento de la noche arreciaba afuera, haciendo crujir las copas de los pinos en los acantilados, pero el ambiente dentro de la recámara principal comenzó a densificarse con una rapidez alarmante. Emilio dio un paso al frente. No hubo palabras. Con un movimiento lento y posesivo, cerró los pesados pestillos del ventanal y corrió las cortinas de terciopelo, aislando por completo el murmullo del puerto y sumiendo la estancia en una oscuridad cómplice, apenas rota por el resplandor de
Leer más