Esa noche, Esmeralda no logró encontrar silencio dentro de sí misma.
No importaba cuánto intentara concentrarse en los libros abiertos frente a ella, en las notas cuidadosamente subrayadas, en las fórmulas que siempre le habían resultado claras y ordenadas. Nada encajaba. Nada se sostenía. Su mente no estaba donde debía.
Estaba en él.
En su voz.
En la forma en que había dicho su nombre, como si no fuera una palabra cualquiera, sino algo que llevaba peso. Algo que se sentía.
Se levantó de golpe,