—Emilio… mi abuelo… —balbuceó Esmeralda entre sollozos, sintiendo que apenas podía respirar—. Está muy grave… vio el periódico… todo esto pasó por mi culpa…
La culpa le quemaba el pecho como fuego vivo.
Las piernas le temblaban tanto que apenas podía mantenerse en pie en medio del vestíbulo de la Torre Villarreal. Los flashes seguían iluminando el lugar, los periodistas gritaban preguntas sin piedad y los empleados observaban la escena con morbo y conmoción. Todo Aurelia parecía estar alimentán