La madrugada caía sobre Aurelia como un manto de sombras mientras la camioneta blindada de Emilio avanzaba por las avenidas vacías de la ciudad. La lluvia seguía golpeando el parabrisas con violencia, como si el mismo cielo presintiera que algo irreversible estaba a punto de salir a la luz.Dentro del vehículo, el silencio era sofocante.Esmeralda permanecía inmóvil en el asiento trasero, sosteniendo entre sus manos la tarjeta negra que su abuelo le había dejado antes de morir. Sus dedos acariciaban inconscientemente la caligrafía de Don Maximiliano, como si todavía pudiera sentirlo cerca.Pero ya no había espacio para lágrimas.Solo quedaba verdad.Y venganza.Emilio la observaba por el retrovisor sin decir una sola palabra. Nunca la había visto así. La dulzura seguía en sus facciones, en sus ojos aún húmedos por la pérdida… pero ahora estaba mezclada con una frialdad elegante que imponía respeto.La heredera acababa de despertar completamente.Arriaga, sentado a su lado, mantenía el
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