El pasillo de la unidad de cuidados intensivos del Hospital San Lucas estaba envuelto en un silencio insoportable. El sonido constante de los monitores cardíacos atravesaba el aire como una sentencia. Cada pitido parecía recordarle a Esmeralda que la vida de Don Maximiliano pendía de un hilo cada vez más frágil.
Ella seguía arrodillada frente al enorme cristal de la UCI, temblando. Las lágrimas descendían lentamente por sus mejillas mientras observaba el cuerpo inmóvil de su abuelo conectado a