El sonido agudo y constante del monitor cardíaco atravesó la habitación como una sentencia irreversible.
Piiiiiiiiii—
Por un instante, el tiempo pareció detenerse dentro de la unidad de cuidados intensivos. Las luces blancas del Hospital San Lucas iluminaron el rostro inmóvil de Don Maximiliano Villarreal, mientras los médicos corrían alrededor de la cama intentando una última maniobra desesperada.
—¡Cargando a doscientos!
—¡Otra vez!
—¡No responde!
El cuerpo del patriarca se estremeció por la