Narra: AmeliaEl zumbido neumático de los motores gemelos del interceptor se estabilizó en un registro sordo, constante y subterráneo mientras la embarcación se deslizaba en el punto ciego del radar, refugiándose temporalmente bajo la sombra de un acantilado de granito en las aguas limítrofes del canal de la Mancha. A través de los ojos de buey reforzados de la cabina inferior, la neblina marina flotaba como una cortina de gasa gris sobre el agua negra, aislándonos por unos minutos del cerco internacional que el Ministerio de Relaciones Exteriores de Milán había desatado en nuestra contra. El parpadeo escarlata de las alertas aéreas seguía latente en la consola principal, pero dentro del camarote táctico, el tiempo pareció sufrir una desaceleración absoluta, densa y asfixiante.Permanecía sentada en el borde del diván de cuero oscuro, mis manos largas enguantadas descansando sobre mis rodillas temblorosas. Los jirones de seda negra de mi vestido de gala, rasgados y desarreglados tras
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