Hernán cerró la puerta del auto con tanta fuerza que el golpe retumbó dentro de la calle silenciosa. No arrancó enseguida. Se quedó sentado frente al volante, con las manos apretadas sobre el cuero, mirando la puerta de la casa de Eva como si todavía pudiera abrirse para dejarlo entrar. Pero la puerta no se abrió. Eva lo había echado. A él. Hernán Del Valle. El hombre que durante años había entrado y salido de esa casa sin pedir permiso. El que había decidido horarios, viajes, cenas, silencios. El que había sostenido, según él, cada ladrillo de esa vida. Y ahora Eva le había dicho que no. Ni le gritó, tampoco hubieron lágrimas. No hubo ninguna escena desesperada. Le había dicho que no con una calma que lo humilló más que cualquier insulto. Hernán golpeó el volante una vez. Después otra. Y una tercera. —Está muy equivocada —murmuró entre dientes—. Muy equivocada. Su respiración se volvió pesada. Los regalos no habían servido de nada y las rosas menos.
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