Eva llegó a casa con los niños cuando la noche ya había caído por completo. Venía cansada, pero no por falta de sueño. Estaba agotada de sostener el día entero sin permitirse quebrarse. La imagen de Sonia en la escollera todavía se repetía en su cabeza. Estacionó frente a la casa y apagó el motor. —¿Mamá? —preguntó María desde el asiento trasero—. ¿Estás bien? Eva observó a sus hijos a través del espejo retrovisor. María tenía los ojos dulces, todavía llenos de esa confianza que a veces la llevaba a abrazar antes de hacer preguntas. Lucas, en cambio, permanecía en silencio, observándola de una manera que siempre parecía descubrir más de lo que un niño de casi diez años debería comprender. —Sí, mi amor —respondió Eva—. Solo estoy cansada. Lucas se acomodó en el asiento y habló con orgullo: —Mamá ayudó a alguien hoy. Es una heroína. —No, hijo. Solo hice mi trabajo. —Mamá, todos dicen que tu trabajo es muy importante. —Lo es, como todos los trabajos. Aunque, en algunas ocasion
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