La abuela se acercó a Nahuel, le tomó la cara con las dos manos y le besó la frente. —Mi niño, todo esto va a pasar. Dejen que los grandes se arreglen. Ustedes no se metan en esto, por favor. Nahuel cerró los ojos. Quiso creerle. Pero ya no era tan chico. Y había cosas que, una vez vistas, no volvían a desaparecer. Cuando Agustín llegó, la tensión todavía flotaba en la casa. No sabía lo que había pasado esa tarde entre sus hijos. No sabía que Nahuel había estado a punto de decir demasiado. Tampoco sabía que Emma ya venía quebrada, aferrada a una familia que, para ella, todavía podía salvarse si todos hacían un esfuerzo. Cenaron casi en silencio. Emma apenas tocó la comida. Nahuel comió porque su abuelo le insistió tres veces. Agustín intentó hablar de la escuela, de cualquier cosa que no fuera Vanessa, divorcio o dolor, pero las respuestas salían cortas y cansadas. Después de cenar, su madre lo apartó hacia la cocina. —¿Te vas a quedar un rato? —preguntó mientras po
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