Eva bajó la mirada hacia el vientre de Sonia. —¿Estás embarazada de Hernán? Sonia asintió. Las lágrimas volvieron a caerle, pero ya no intentó ocultarlas. —Sí. Y me mandó abortarlo. Eva sintió una punzada de asco. —¿Te lo dijo así? —Me dijo que me sacara este problema de encima y que le mandara la boleta. Eva apretó los sobres contra el pecho. —Sonia, escuchame bien. No hagas algo que no querés hacer. Es tu cuerpo, tu vida, tu decisión. Nadie puede obligarte. Menos él. —Yo ya no tengo vida —susurró Sonia—. Él me la arruinó. —Eso no es verdad. —Sí lo es. —Sonia, mirame. Pero Sonia ya estaba retrocediendo. —Gracias, Eva. —No te vayas así. En ese mismo instante, el portón de la escuela se abrió. Los niños empezaron a salir en grupos, con mochilas, risas, gritos y maestras llamando nombres. Eva giró la cabeza apenas. María apareció primero, buscando con la mirada. Lucas venía detrás, con la campera mal cerrada y una carpeta en la mano. Cuando Eva v
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