Mientras tanto, en un modesto apartamento del Cordón en Montevideo, Sonia Calderón dejó caer el celular sobre las sábanas y se abrazó el vientre todavía plano. Con solo veintitrés años. Una carrera destruida antes de empezar. Una madre que lloraba en la habitación de al lado, decepcionada de ella. Un contrato de confidencialidad apretándole el cuello como una soga invisible. Y un hijo creciendo dentro de un cuerpo que no paraba de temblar de miedo. No le había dicho a nadie. Durante varios minutos se quedó ahí, encogida sobre sí misma, aplastada por el poder de un hombre que le había quitado todo: el trabajo, la dignidad, el futuro y hasta la posibilidad de equivocarse sin pagar un precio brutal. La oscuridad del cuarto se le venía encima. Pero entonces, en medio de la crisis, recordó un nombre. Eva Beltrán. La esposa de Hernán. La psicóloga de su madre que alguna vez, con genuina generosidad, había intentado tenderle una mano sin saber que la estaba enviando directo
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