—Vamos, solo un bocadito —insistió, bajando la voz al pronunciar el apodo patético que tenía para mí—. Chillona.Eso me alteró, me sacó de quicio. De un manotazo, le tiré el plato de la mano; el recipiente cayó con un estruendo de cristales rotos.—Dije que no, ¿qué te pasa?Detrás del mostrador, cerca de los fregaderos, se escucharon algunas exclamaciones de sorpresa. Audrey dio un paso atrás; la sonrisa se le borró.—Solo intento...—¿Matarme? —Fruncí el ceño, hecha una furia—. ¿Por qué me ofreces algo con papaya?Me di cuenta demasiado tarde de que Audrey me tenía otra vez bailando a su ritmo. Reaccioné como ella quería, y el brillo en sus ojos lo confirmaba.—Yo...—Aeliana —se burló alguien, una de las criadas. Julie, una con la que fui a la preparatoria; la reconocí—. Que ahora estés casada con el Alfa no significa que puedas comportarte así. —Suspiró.—Exacto. —La otra criada asintió—. La señorita Audrey solo intentaba ofrecerte comida. No hace falta que seas tan grosera.—Tina
Leer más