El amanecer entró por la rendija de las persianas como quien no quiere hacer ruido, y encontró a Ximena sentada en el borde de la cama con los pies en el suelo y la mirada en ningún lugar concreto. No había dormido mal. Había dormido poco, que es distinto: el cuerpo descansado, la cabeza sin soltar la guardia ni un momento.Se duchó con el agua más fría que pudo tolerar. Era un hábito viejo, de cuando aprendió que el frío es más honesto que cualquier otra cosa: no promete confort, no simula nada. Simplemente te recuerda que estás ahí.Cuando bajó a la cocina de la casa en San Miguel, olía a café.Eso no era inusual. Lo inusual fue detenerse en el umbral y ver a Darien de espaldas, moviéndose entre la cafetera y los tazones con la economía de gestos de alguien que conoce bien ese espacio. Llevaba una camisa de lino claro, sin planch
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