Las flores llevaban tres días muriendo sobre la repisa de la cocina.Ximena las había dejado ahí con la misma determinación con que se deja una trampa sin cebar: esperando que algo volviera, que algo se delatara. Eran rosas blancas, dieciséis exactamente, sin número redondo, sin lógica de floristería, como si alguien las hubiera encargado a propósito con esa cantidad impar para que no parecieran un gesto romántico sino una advertencia disfrazada de cortesía. El papel que las envolvía era de color crema, atado con un lazo de seda verde, y no llevaba ninguna tarjeta.Eso era lo que más le molestaba. La ausencia de firma como forma de firma.Había empezado a investigar dos días atrás, durante una pausa entre reuniones, usando el tono casual con que uno pregunta cosas que importan demasiado. Llamó a la floristería cuyo nombre figuraba en la c
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