A la mañana siguiente, Clara encontró la taza antes de encontrar a Leonardo.No estaba dentro de la habitación azul. Estaba sobre una bandeja, en la mesita estrecha del pasillo, junto a la puerta. Una taza blanca de las que usaba el personal en la cocina de servicio, no la porcelana fina del comedor. Había un plato debajo, como si quien la dejó hubiera decidido en el último momento que no era correcto poner cerámica caliente directamente sobre la madera.El café seguía tibio, no frío del todo. Alguien lo había dejado allí hacía no más de veinte minutos.Clara miró la taza. Luego la puerta cerrada.Leonardo no había entrado.Eso, por alguna razón absurda, importó más que el café.Tomó la bandeja, volvió a entrar y dejó la taza sobre la cómoda. Tardó unos segundos en probarla, quizá porque ya había entendido que el gesto valía más que el contenido. El primer sorbo destruyó esa pequeña solemnidad.Era espantoso.Demasiado fuerte, sin azúcar, con el sabor seco de quien usó más café molido
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