La pregunta no murió cuando la mujer del vestido oscuro se apartó.Quedó en el aire, pegada al oído de Clara, más venenosa porque había sido dicha en voz baja, con la intención exacta de parecer un rumor y no una acusación.¿Es cierto que usted ayudó a Isabela a escapar?Durante un segundo, Clara sintió el impulso de quedarse inmóvil. Era el gesto aprendido durante años: cuando algo salía mal en la casa Rivas, ella se hacía pequeña para que el golpe pasara de largo. En la mansión Moretti, ese mismo silencio se había convertido en una forma de condena. Si no respondía, otros responderían por ella. Emilio lo haría con cortesía. Celeste con dulzura. Regina con una vergüenza vestida de preocupación.Dejó la copa sobre la mesa más cercana.Leonardo oyó el sonido del cristal y dio un paso hacia ella, pero Clara lo detuvo con una sola palabra. No fue un grito. Fue un límite. Después avanzó hasta el centro del salón, donde todos podían verla y ninguno podía fingir que no había escuchado.—Si a
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