Clara no podía dormir. No era la primera vez esa semana, pero sí la primera en que el insomnio no tenía la forma de la angustia. Era la variedad más irritante: el cuerpo demasiado quieto y la cabeza demasiado activa, dando vueltas a cosas que durante el día habían parecido manejables y a las dos de la mañana adquirían un peso distinto. Bajó a la cocina con bata y calcetines, encendió la luz pequeña del extractor, que era la que Elena dejaba para quién llegara de noche, y puso agua a calentar. Encontró el café en el segundo cajón. Lo encontró porque llevaba semanas aprendiendo la geografía exacta de esa cocina, no porque nadie se la hubiera enseñado sino porque ese era el tipo de conocimiento silencioso que se acumula cuando uno vive en un lugar sin ser del todo bienvenido. Estaba esperando que hirviera cuando escuchó pasos. Leonardo entró descalzo, con una camiseta oscura y el cabello ligeramente revuelto por el sueño interrumpido. Se detuvo en el umbral al verla. Clara no dijo na
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