La gala había sido larga.No difícil, no exactamente. Clara había sobrevivido a peores noches en esa misma mansión con menos herramientas de las que ahora tenía. Pero larga sí: tres horas de conversaciones calculadas, copas sostenidas con la mano que Nicolás le había enseñado, preguntas que ella respondía con la exactitud justa para no dar demasiado y no parecer evasiva, y la conciencia constante de que Leonardo estaba siempre en algún punto del salón, no lo bastante cerca para que pareciera vigilancia, pero sí lo suficiente para que su presencia funcionara como una señal.De regreso, en el auto, ninguno de los dos habló demasiado.No era tensión exactamente, sino el cansancio compartido de dos personas que habían pasado horas sosteniendo una imagen juntas y que, cuando esa imagen ya no hacía falta, podían soltarla en el mismo silencio.En el vestíbulo de la mansión, Clara se quitó los pendientes y los guardó en la palma. Leonardo se aflojó la corbata.—Lo hiciste bien —dijo él.Clara
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