El silencio en el pasillo superior de la mansión era sepulcral, roto únicamente por los sollozos ahogados de Vanessa, quien permanecía al teléfono con los servicios de emergencia, repitiendo la dirección con la voz quebrada por el pánico. Gerard no le quitaba los ojos de encima a su madre. Con una mano le sostenía la cabeza y con la otra continuaba presionando sus dedos contra el cuello de Doña Leonor, monitoreando ese pulso débil y apresurado que parecía querer apagarse en cualquier momento.