A la mañana siguiente, la luz del amanecer entró con timidez por los grandes ventanales de la mansión, pero no trajo consigo ninguna pizca de paz para Joel. Sus ojos, inyectados en sangre por la falta de sueño y los excesos de la noche anterior, se fijaron en el techo de su despacho privado. El dolor de cabeza era intenso, pero la claridad de su odio lo era aún más. Tenía perfectamente claro lo que iba a hacer. Él no era un hombre que se fuera a quedar con los brazos cruzados viendo cómo una ap