Por primera vez en mucho tiempo, desperté sin sobresaltos.No hubo llamadas, ni abogados, ni periodistas frente a la verja. Solo un silencio extraño, casi desconocido, que me hizo desconfiar antes de abrir los ojos. La habitación estaba bañada en una luz dorada que se filtraba entre las cortinas y Sebastián seguía dormido. Aquello era extraordinario, durante semanas él había despertado antes que todos, antes que el amanecer, cargando sobre sus hombros la empresa, las amenazas, el juicio, todo. Sin embargo, aquella mañana permanecía inmóvil, el rostro relajado, las arrugas de tensión suavizadas.Me quedé observándolo y comprendí algo, el juicio no solo nos había agotado al resto de la familia, también a él, quizá más que a nadie. Aparté una parte de su cabello de su frente con cuidado, y la reacción fue inmediata. Abrió los ojos y sonrió, una sonrisa lenta, somnolienta, completamente desarmante.—Buenos días.Sentí que el corazón daba un salto. Todavía me ocurría.—Buenos días.—¿Cuánt
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