Diego
La rabia.
No es una emoción, es una fuerza telúrica. Una ola de lava negra que asciende desde las profundidades de mi ser, quemándolo todo a su paso: el frío cálculo, el desapego habitual, la siniestra curiosidad que me había dominado frente a ella. Todo queda reducido a cenizas bajo la intensidad pura, blanca, de la furia.
El chasquido de su palma contra mi mejilla aún resuena en mi cráneo, un eco metálico que rebota contra las paredes de mi cerebro. La sensación, primero: la sorpresa, c