VICTORIA.
—Siempre quise una segunda opinión —le confieso, sintiendo cómo se me desinfla el pecho al recordar la frustración de los meses pasados—. Pero sin dinero... me tocó conformarme con lo que podia pagar. Adel no iba a gastar un solo rublo en mi salud, y yo estaba atada de manos.
Maximiliano endurece la mandíbula al escuchar el nombre de mi exesposo, pero su mirada sobre mí no pierde esa fijeza protectora.
—Esa escoria ya no es parte de tu ecuación, Victoria. Tu realidad cambió desde el m